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Por Helena Villanueva Sánchez, profesora de Comportamiento Humano y Habilidades Directivas en CESMA Escuela de Negocios.
Es bien sabido que hoy en día la mayor fuerza de una empresa proviene de las personas que la integran, de sus recursos humanos, por lo que es un reto llegar a formar un buen equipo. Los grupos de trabajo son una parte vital de la mayoría de las empresas, y podemos comprobarlo tanto en las comisiones de investigación, como en equipos de producción, comités, consejos de directores, círculos de calidad... No obstante, también sabemos que cuando las personas forman parte de un grupo se comportan de diferente manera a cuando están solas; esta conducta “diferente” puede dar lugar a una mayor o menor eficacia del propio equipo de trabajo.
Es común que, cuando hay un conjunto de personas trabajando juntas, se produzca un fenómeno llamado sinergia, por el cual no siempre se cumple que la productividad del grupo completo sea igual a la suma de la productividad de cada persona de ese grupo. La sinergia puede ser positiva si el espíritu de equipo fomenta el esfuerzo individual y aumenta su productividad total (1+1>2) o negativa (también llamada vagancia social) si cada miembro del grupo hace menos de lo que podría hacer de forma particular (1+1<2).
Ya a finales de los años 20, un psicólogo alemán llamado Ringelman comparó los resultados del rendimiento individual con los del grupo en la tarea de tirar de una cuerda; él esperaba encontrar que el esfuerzo del grupo era igual a la suma de la fuerza de sus componentes, es decir, que tres personas tirarían el triple que uno. Sin embargo, lo que encontró fue sorprendente: los grupos de tres personas sólo ejercían el dos y medio de fuerza – calculado sobre tres – y los grupos de ocho producían una fuerza de cuatro.
Otros estudios realizados con actividades diferentes han confirmado estos resultados, y se ha concluido que el tamaño del grupo es inversamente proporcional al rendimiento individual. Es decir, cuanto mayor sea, más fácil es que se produzca este efecto de vagancia social, por lo que se puede concluir que el tamaño del grupo es un aspecto importante a tener en cuenta. Parece demostrado que un grupo pequeño (menos de 10 personas) termina las actividades a más velocidad que uno grande, aunque si se trata de resolver problemas o tomar decisiones estos últimos obtienen mejores resultados.
¿A qué se debe esto? Probablemente, cuando se trata de acciones conjuntas la responsabilidad se dispersa, y se tiende a pensar que si los demás “no tiran de la cuerda” con todo su esfuerzo, podríamos restablecer la igualdad reduciendo el nuestro. Por ello, cuando en las empresas se recurre a situaciones de trabajo en equipo para lograr mejores o más rápidos resultados, mejorar el clima laboral o conseguir mayores competencias, también se debe proporcionar un medio que permita identificar cuánto esfuerzo ha realizado cada uno de sus miembros.

Pero realmente ¿siempre que hablamos de un grupo nos referimos a un equipo? No necesariamente. En general se considera que hay grupo si dos o más personas interactúan, pero para formar equipo, además éstas deben ser interdependientes y estar unidas para alcanzar los mismos objetivos.
Esta es una de las razones que hace que no todos los grupos sean eficaces y, muchas veces ya desde su constitución podemos prever si va a funcionar o no, si va a estar cohesionado para convertirles en un verdadero equipo. Así mismo, también la composición es un factor determinante, es decir, que las personas que lo integren sean diferentes en cuanto a capacidades, opiniones, personalidad... Es cierto que esto puede hacer que sea más conflictivo y parezca menos rápido al principio, mientras se van introduciendo y asimilando las diferentes posiciones, pero terminará actuando con mayor eficacia que un grupo absolutamente homogéneo.
Las investigaciones han demostrado que los equipos cohesionados son muy efectivos y aumentan, en líneas generales, su productividad. En algunos equipos de fútbol, baloncesto u otros deportes se dicen frases como “ganamos juntos o perdemos juntos” o “este equipo no tiene individuos”. Aquí se ve claramente que para que se ganen partidos (objetivo común) es importante que los miembros tengan conciencia de equipo y aprendan a jugar unidos; además está comprobado que el triunfo refuerza las buenas relaciones entre los miembros y, en consecuencia, hace que el equipo termine siendo más compacto.
Por ello es importante que cada uno de los miembros conozca las fortalezas de los compañeros, se consiga una comunicación fluida y se disfrute de la colaboración entre todos; todo ello contribuye a crear un cierto sentimiento de orgullo por pertenecer al equipo.
Se puede afirmar que la toma de decisiones en equipo implica una serie de ventajas para determinadas situaciones, aunque a veces puede resultar más conveniente un trabajo individual.
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Ventajas del trabajo en equipo:
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Aportan más conocimientos e información, y por tanto, las decisiones tomadas son más completas.
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Al haber más variedad de opiniones, se consideran más puntos de vista y alternativas.
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La solución se acepta mejor, porque todos han tomado parte, de alguna manera, en ella. No es algo impuesto.
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Mayor legitimidad: cuando alguien toma una decisión personal sin consultar a otros al respecto, este poder absoluto da la impresión de que la decisión se toma de forma autocrática.
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Desventajas del trabajo en equipo:
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Requieren más tiempo, ya que su formación no es instantánea.
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La responsabilidad se diluye: ¿quién es el responsable del resultado final?.
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Pueden existir conflictos, ya que la adaptación es un proceso difícil siempre que trabajemos con alguien más.
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Puede haber dominio de un subgrupo (sobre todo en grupos grandes, donde es fácil que se formen “camarillas”) o de un miembro que se constituya como líder.
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